No por la casa.
Sino porque de repente comprendí que durante todos esos meses no solo había estado ayudando a una anciana enferma.
Había estado lidiando con la culpa de una madre.
Y a su manera, ella había intentado sanar conmigo algo que jamás podría reparar con su hijo.
Al día siguiente llegaron sus hijos.
Dos hombres bien vestidos y una mujer con gafas oscuras, todos con prisa, oliendo a perfume caro y con aspecto molesto.
En cuanto me vieron dentro de la casa, uno de ellos preguntó:
—¿Y usted quién es?
—Diego. La ayudé.
Ni siquiera me dieron las gracias.
Empezaron a revisar cajones, a abrir muebles, a hablar entre ellos sobre vender la casa, sobre «resolver este asunto rápidamente» y sobre cuánto costaría el funeral más barato.
Entonces les entregué una copia de la carta y las escrituras.
La hija fue la primera en palidecer.
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