No sé cuánto.
Solo recuerdo el ruido lejano del callejón, un perro ladrando afuera y el peso insoportable de esa carta sobre mis rodillas.
Entonces me levanté, fui al armario y encontré el cajón falso.
Detrás estaba la caja metálica.
La abrí con la llave.
Dentro había varios fajos de facturas cuidadosamente envueltas, las escrituras de la casa y una vieja fotografía.
En la foto, Doña Carmen parecía mucho más joven, sonriendo junto a un joven de unos veinte años.
Delgado.
De piel morena.
Con expresión serena.
En el reverso, con tinta casi descolorida, decía:
Tomás, 1991. Mi orgullo. Me derrumbé en ese mismo instante.
No por el dinero.
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