Una vez, cuando salíamos del hospital, me tomó de la mano y me dijo con voz suave:

No supe qué responder.

Con el paso de los meses, mi rutina se integró en su vida, y poco a poco ella se integró en la mía.

Le llevaba fruta cuando tenía algo de dinero extra.

Le compraba medicinas si veía que no podía pagarlas.

A veces, después de terminar de limpiar, me sentaba con ella un rato y escuchaba historias de su juventud, de un marido que ya había fallecido y de unos hijos que, según ella, «tenían sus propias vidas».

Nunca hablaba mal de ellos.

Eso me impresionó.

Ella solo decía:

“Una madre nunca deja de ser madre, incluso cuando sus hijos olvidan cómo ser niños”.

Un día encontré, en un cajón entreabierto, varias cartas viejas devueltas por correo.

Todas dirigidas al mismo lugar en Monterrey.

Todas con el mismo apellido.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.