Una vez, cuando salíamos del hospital, me tomó de la mano y me dijo con voz suave:

Ninguna se abrió.

No dije nada.

Ella tampoco.

Pero esa noche, por primera vez, cuando me iba, me preguntó:

“¿Podrías volver mañana?”.

Volví.

Y al día siguiente también.

Su salud empezó a empeorar rápidamente.

Apenas podía levantarse sola.

Respiraba con dificultad, con pequeños esfuerzos.

Una mañana, el médico de la clínica comunitaria me apartó y me dijo sin rodeos:

“Está muy débil. No creo que le quede mucho tiempo”.

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