Mauricio le restó importancia con calma. «Tranquila. Ya he falsificado las firmas. Para cuando se dé cuenta de que las propiedades están hipotecadas, será demasiado tarde».
El mundo de Elena comenzó a derrumbarse, pero lo que sucedió después la destruyó por completo.
—No me importa el dinero —dijo Valeria en voz baja—. Solo quiero que nuestro bebé crezca en paz.
Siguió un beso. Luego, su suegra volvió a hablar, con una calidez que jamás le había mostrado a Elena.
—Este anillo pertenece a la madre de mi verdadero nieto, no a ese arquitecto estéril.
A través de la rendija de la puerta, Elena lo vio todo: a su marido tocando el vientre de Valeria, a su suegra poniéndole un anillo en el dedo.
No era solo una traición; era un plan calculado para reemplazarla.
Elena no gritó. No los confrontó. Se marchó en silencio, subió a su coche y se fue. Le temblaban las manos, pero sus ojos estaban fríos, vacíos de lágrimas.
Algo dentro de ella había cambiado.
PARTE 2
Los siguientes tres meses fueron un caos cuidadosamente controlado.
Elena se mudó a un pequeño apartamento en Narvarte, lejos del lujo en el que antes vivía. No dijo nada sobre lo que había descubierto, dejando que Mauricio creyera que su separación se debía a la distancia emocional.
Pronto, la verdad la golpeó con más fuerza: los avisos bancarios revelaron que Mauricio había usado documentos falsificados para hipotecar todo lo que ella poseía: su estudio, sus ahorros, incluso el fideicomiso familiar. Ahora estaba ahogada en una deuda de 80 millones de pesos.
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