El jefe regaló frascos de pepinillos caseros de su madre, y toda la oficina se echó a reír. Los despreciaron y los tiraron como si fueran basura. Yo fui la única que se los llevó a casa. Pero jamás imaginé… que uno de esos frascos contenía un código que revelaría el secreto de la empresa…

Aparecieron letras.

«Hora del gallo. Tres. Siete. Mezquite. Sombra».

Se me aceleró el corazón.

Esto no era casualidad.

Era un mensaje.

Un código.

Esa noche no pude dormir.

Las palabras resonaban en mi mente como un rompecabezas por resolver.

¿Para quién era?

¿Por qué ocultarlo así?

A menos que…

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