Mientras salía, su voz resonó desesperadamente desde el baño:
—¿Adónde vas?
Sonreí.
—A una reunión —respondí.
Hice una pausa.
—De las importantes… ya sabes.
Y me fui.
Pero ese no fue el final.
Dos horas después, llegué a casa, riendo, oliendo a cerveza y a libertad.
Él estaba sentado en el sofá.
Pálido. Agotado. Derrotado.
Con el teléfono en la mano.
—¿Te lo pasaste bien? —preguntó secamente.
—Muchísimo —respondí, dejando mi bolso.
Miró el teléfono.
—Carolina me mandó un mensaje.
Me quedé en silencio.
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