Ocho años después del divorcio, él se burló de ella frente a todos… sin saber que esa mujer ya se había convertido en alguien inalcanzable para él.

—Vaya, vaya… no esperaba verte aquí —dijo, sonriendo—. Te ves distinta.

—La gente cambia —respondió Amalia.

—Algunos cambian. Otros solo aprenden a fingir mejor.

Ella sostuvo la mirada sin parpadear.

—Buenas noches, Gael.

Él soltó una risa breve.

—¿Viniste sola?

Amalia tomó un sorbo de su bebida antes de contestar.

—Sí.

Gael ladeó la cabeza, casi divertido.

—Lo imaginé. Empezar de nuevo no es fácil a nuestra edad.

El comentario estaba hecho para herir. Y, sin embargo, ya no llegó al mismo lugar.

Amalia se limitó a sonreír.

—No todo lo valioso es fácil.

Por primera vez, él perdió el ritmo un segundo.

Y justo ahí, Amalia entendió algo: Gael no estaba hablando con la mujer que era. Estaba atacando a la mujer que recordaba. Y esa mujer ya no existía.

Pero la noche apenas iba comenzando.

Más tarde, Amalia se encontró en un grupo más grande. Daniela estaba a su lado, alerta como un escudo discreto. Gael también estaba ahí, demasiado cómodo, demasiado pendiente de ella.

—Estábamos hablando de los viejos tiempos —dijo él, en voz alta, para que todos escucharan—. De lo ambiciosa que era Amalia. Siempre soñando en grande.

Varias personas soltaron risas incómodas.

—Tenía planes para todo —continuó Gael—. Aunque, bueno… ya ven que no siempre basta con tener planes.

Amalia no dijo nada.

Ya conocía esa táctica: convertir una conversación casual en una pequeña ejecución pública y luego esconderse detrás del humor.

Entonces una excompañera, con esa curiosidad brillante que a veces es más cruel que una ofensa directa, preguntó:

—Oye, Amalia… ¿y ahora sí ya estás casada?

El pequeño círculo se quedó quieto.

Gael soltó una carcajada demasiado rápida.

—¿Casada? Bueno, esperemos que esta vez sí encuentre a alguien que aguante su carácter.

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