Ocho años después del divorcio, él se burló de ella frente a todos… sin saber que esa mujer ya se había convertido en alguien inalcanzable para él.

Daniela dio un paso al frente.

—Eso no da risa, Gael.

Él levantó las manos, fingiendo inocencia.

—Ay, por favor. Es una reunión. Estamos bromeando.

No. No estaba bromeando. Estaba intentando arrinconarla otra vez.

Amalia vio algo en los rostros alrededor: algunos se incomodaban, otros esperaban morbo, otros querían ver si ella explotaba. Eso era lo que Gael siempre había querido provocar. Que pareciera exagerada. Difícil. Conflictiva.

Pero Amalia ya no necesitaba defenderse como antes.

Levantó la copa despacio.

—Sí —dijo con calma.

El grupo entero parpadeó.

—Sí, estoy casada.

El silencio cayó de golpe.

Una mujer abrió mucho los ojos.

—¿En serio? ¡Amalia! ¿Y por qué nunca dijiste nada?

Gael apretó la mandíbula, aunque mantuvo la sonrisa.

—Qué interesante —murmuró—. ¿Y a qué se dedica el afortunado?

—Infraestructura —respondió ella.

—¿Infraestructura? —repitió alguien—. ¿Como construcción?

—Algo así. Prefiere una vida privada.

La respuesta hizo dos cosas al mismo tiempo: despertó curiosidad y cerró la puerta.

Gael la miró con más atención.

—Entonces… ¿va a venir?

Amalia no había pensado decirlo, pero la intuición habló antes que la estrategia.

—Viene en camino.

Parte 2 …

Daniela la volteó a ver, sorprendida.

Gael sonrió con una mueca que ya no era burla, sino incomodidad disfrazada.

—Perfecto. Será interesante conocer al hombre que finalmente logró domarte.

Amalia lo miró con una serenidad que lo desarmó.

—Nadie me domó, Gael. Solo crecí.

Esta vez nadie se rió.

La conversación se dispersó un poco. Varias personas empezaron a preguntarle a Amalia por su trabajo. Y por primera vez en toda la noche, las preguntas no venían con cuchillos escondidos.

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