—¿Pesadillas? —preguntó una voz baja.
Miró hacia el pasillo. Era la mujer plateada de la fila 2, la que había hablado a su favor antes. Se había girado un poco y le ofrecía una mirada limpia, sin morbo.
Rhea tardó un instante en responder.
—Algo así.
La mujer asintió.
—Mi hijo volvió distinto de Fallujah. No hablaba casi nunca. Pero siempre despertaba así.
No era invasiva. No insistía. Solo dejaba la frase ahí, como quien acerca una manta a alguien sin tocarlo.
Rhea le sostuvo la mirada.
—Lo siento.
La mujer sonrió con una tristeza serena.
—Yo también.
Y se giró otra vez. Eso fue todo. Una conversación mínima, suficiente, humana. Le afectó más de lo que le gustó admitir.
Un rato después, el auxiliar de vuelo volvió. No el principal, sino el joven que la había movido. Llevaba una bandeja pequeña.
—Le trajimos café fresco —dijo—. Y la comida caliente antes que al resto, si le parece bien. También… bueno, el capitán pidió que supiéramos si necesitaba apoyo médico para la espalda durante el aterrizaje.
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