Una vez, cuando salíamos del hospital, me tomó de la mano y me dijo con voz suave:

Esa tarde, al salir de la clínica, la ayudé a subir lentamente a un taxi. Doña Carmen permaneció en silencio, mirando por la ventana como si viera una ciudad que ya no le pertenecía.

Antes de salir frente a su casa, dijo:

“Diego… cuando muera, no dejes que tiren mis cosas sin revisar el armario”.

Sentí un golpe en el pecho.

“No digas eso”.

“Prométemelo”.

Esa palabra otra vez.

Y otra vez, asentí.

Las últimas dos semanas fueron muy duras.

Apenas podía comer.

Le humedecí los labios con agua.

La arropé con las mantas.

Le leí los titulares del periódico en voz alta para que sintiera que el mundo seguía entrando por su puerta.

Una noche me agarró la muñeca con una fuerza que no sabía que aún conservaba.

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