“Perdóname”.
“¿Por qué?”
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
“Por no pagarte”.
Algo dentro de mí se rompió.
—No me debes nada, Doña Carmen.
Apenas negó con la cabeza.
—Sí, te debo. Pero no es dinero lo que vas a recibir.
No entendí esas palabras.
Dos días después, cuando llegué, la vecina de enfrente estaba en la puerta con los ojos rojos.
Ya sabía la noticia antes de que hablara.
—Falleció al amanecer, hijo.
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