Ella habló de los proyectos escolares, de comunidades donde un aula bien construida podía cambiar la vida de cientos de niños, de alianzas, de gestión, de planes reales. Uno de sus excompañeros la miró con admiración sincera.
—Eso es enorme. No sabía que te dedicabas a algo así.
Gael escuchaba en silencio, con una expresión cada vez más tensa.
Él había esperado encontrarla rota. O por lo menos necesitada de aprobación.
No esperaba encontrarla entera.
Y aun así, seguía convencido de que la última palabra sería suya.
Hasta que se abrieron las puertas del salón.
Y el aire cambió.
Cuando entró el hombre que no necesitaba demostrar nada
Primero fueron unas cuantas cabezas girando hacia la entrada.
Luego, un murmullo que se extendió como electricidad.
El coordinador de la reunión, que estaba junto al micrófono, sonrió de una forma extraña.
—Bueno… parece que todavía nos faltaba un invitado.
Amalia sintió el cambio antes de verlo.
Y entonces apareció.
Santiago Elizondo caminó hacia dentro con la tranquilidad de los hombres que no buscan aprobación. Alto, traje oscuro, porte sereno, sin alarde, sin prisa. No entró como quien quiere impresionar a un salón. Entró como quien ya sabe quién es.
Amalia lo reconoció al instante y el corazón le dio un golpe suave, casi incrédulo.
No esperaba que hubiera ido.
Santiago se acercó sin mirar a los lados más de lo necesario. Cuando llegó frente a ella, su expresión cambió apenas, ese pequeño gesto íntimo que solo ella sabía leer.
Tomó su mano.
—Perdón por tardar —dijo en voz baja—. La reunión con Monterrey se alargó.
Amalia apenas pudo respirar.
—No tenías que venir.
—Quise venir.
Y sin teatro, sin espectáculo, levantó su mano y dejó un beso breve sobre sus nudillos.
El salón entero se quedó suspendido.
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